No es país para emprendedores

Simpsons-Leftorium-Ned Flanders

Emprender os hará libres. Por lo menos, os sacará del paro. Al fin tendréis un empleo y seréis vuestro-propio-jefe. El mantra hoy funciona porque hay que vender esperanza y libros, pero no nos engañemos: España no es país para empresarios.

Aquí lo de siempre ha sido estudiar para colocarte bien, y que arriesguen otros. Mejor aún si podías sacarte unas oposiciones y asegurarte un sueldo como el del Nescafé, además de aprovecharte de los moscosos, del cafelito, del bis del cafelito y del brunch. Pero, ¿un empresario? Desde la época de los indianos, empresario ha sido por estos lares el cacique local, el orondo y explotador bigotón que se encendía puros con billetes. Como mucho, el pícaro que veía negocio en todo y hacía dinero siempre a costa del incauto. El jugador de ventaja. El dueño del Scatergories.

En definitiva, la persona que tu familia no quiere que seas (pudiendo opositar a Correos).

Pero ay que llega la crisis cuando mejor nos lo estábamos pasando, y toca redefinir el estereotipo. Hacer que sea guay. Es la hora del «emprendedor», como decía hace poco Joan Tubau:

Las circunstancias fuerzan entonces a muchos emprendedores «por necesidad» a adentrarse en un mundo que jamás hubieran pensado desde la comodidad de su trabajo por cuenta ajena. Un par de libros y dos o tres networkings y ya estás preparado. Ya puedes gastar tus ahorros y pedir los de tus padres porque ya eres un marrajo de los negocios.

Bueno, todavía no. Falta la idea brillante. Ese hallazgo que te hará rico y que, si se te ocurre a ti, probablemente sea un remedo cañí del Leftorium de Ned Flanders. Si se lo dejas a un asesor, lo normal es que acabes por montar una franquicia «barata y rentable». Exactamente la misma que, convenientemente plagiada, abrirá a 20 metros de la tuya. El batacazo sólo es cuestión de tiempo, y es entonces cuando el flamante emprendedor nota que ha ido a caerse allí donde peor se perdonan los errores.

Carlos González. Flickr (CC).

Pero volvamos a los empresarios ya hechos. Ciertamente el linaje empresarial por estas tierras tampoco es que sea prolijo en buenos ejemplos —o hay que buscarlos en las necrológicas, cuyas consiguientes reacciones no hacen más que refrendar lo expuesto arriba—, y cada quince días salta un Jenaro el de Gowex a salpimentar nuestros prejuicios.

Terminaré con una anécdota personal (así, de paso, rebato el título del blog ya desde el primer post). Pasé mucho tiempo escribiendo sobre emprendedores cuando aún no estaba de moda el devaluado palabro. Más aún: tuve la oportunidad de trabajar para un empresario con ínfulas. Durante ese tiempo presencié a diario el quehacer de un empresaurio pagado de sí mismo y con más suerte de la que merecía. Un pintor de brocha gorda que se veía a sí como un hombre del Renacimiento. Y cierto fue que en aquellos años pintó un mural notable, con un solo pero: lo que él pensaba que era la Capilla Sixtina resultó poco más que un trampantojo.

Como ocurre en estos casos, llegó el momento en que vinieron mal dadas y decidió abandonar a quienes le aguantaban el andamio, sin darse cuenta de que se quedaba colgando de la brocha: luego parece que además llevaba años sin pagar la pintura. Pese a todo, se le consideró durante muchos años un distinguido patrón con muy buena imagen, y a mí me me sirvió de vacuna frente al strass empresarial.

Resultará, pues, inevitable, que en No es personal se nos cuele de vez en cuando algún Buonarrotti de pastel. Pero es que a este blog le interesan las historias, y no todas acaban bien, ni el protagonista es siempre el héroe.

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7 comments

  1. Sencillamente genial. Siempre has tenido una buena “plumita de oro”. Gracias por sacarme una sonrisa con tu ironía siempre inteligente y tu prosa indiscutiblemente divertida.

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