Zuckerberg, un «gilipollas» y ‘La red social’

Jesse Eisenberg como Zuckerberg en La red social.Acaba de cumplir 30 años. Hace 10 se sacó Facebook del magín –más o menos–, una red social que une a 1.300 millones de personas y que le ha convertido en el milmillonario más joven del mundo, con una fortuna calculada en unos 28.500 millones de dólares. No obstante, cabe advertir de que el Mark Zuckerberg que se ve en La red social está pasado por el tamiz de Aaron Sorkin –y basado a su vez en la obra The accidental billionaires, de Ben Mezrich–, con todo lo que ello comporta.

Zuckerberg recupera algunos de los estereotipos de Jobs, el garage entrepreneur por excelencia: es listo, pretencioso y extravagante. Además, no tiene la más mínima habilidad social. Todo ello queda claro en la primera escena, un diálogo con su novia, que le aclara algún concepto:

«Seguramente llegarás a tener mucho éxito como experto informático, pero vas a ir por la vida pensando que no gustas a las chicas porque eres un friki, y yo quiero que sepas de todo corazón que eso no será verdad; será porque eres un gilipollas».

Como estudiante de Harvard se sabe parte de la elite, lo que no impide que trate con desdén a sus compañeros, a quienes considera inferiores intelectualmente: «El próximo Bill Gates podría estar en esta sala», dice el dueño de Microsoft en una conferencia en el campus, a lo que él responde: «Lo dudo».

En lo que sí confía es en su proyecto. Es un obsesionado por la idea, sabe que «llegar primero lo es todo» –por eso dará hilo a la cometa de la red propuesta por los gemelos Winklevoss, mientras pone en pie Facebook–, y durante toda la película pensará en cómo mejorar su creación, en cómo hacerla crecer.

Para ello necesitará apoyos, aunque la elección de su equipo, improvisada durante una noche de entre sus compañeros de habitación, no parece la idónea. Da igual: es un emprendedor seguro de sus posibilidades y el resto únicamente peones que cambiar cuando lo requiera la ocasión, como se verá más tarde.24socialspan1-articleLarge

Sueños, juicios y dinero

Esa obsesión y ese desapego le ocasionarán unos problemas legales –la película gira en torno a la propiedad de la idea de Facebook– que, no obstante, tampoco le quitan el sueño. Su sueño. Así, clava a los gemelos con frases sorkinescas como «ellos me enseñaron una idea, y la mía era mejor» o «quien fabrica una silla no le debe nada a quienes hayan fabricado sillas alguna vez». Lo cierto es que Mark les terminó pagando 65 millones de dólares tras un acuerdo.

A juzgar por la cinta, a Zuckerberg no le interesa el dinero en absoluto. Otro tic de emprendedor. En un momento, el protagonista recuerda que durante el bachillerato la propia Microsoft quiso comprarle una aplicación creada por él. ¿Qué hizo? Subirla gratis a Internet. En otra ocasión, durante los careos, dirá: «Sabrá que el dinero no me importa pero podría comprar el campus, coger el Phoenix [una prestigiosa sociedad de Harvard] y convertirlo en sala de ping-pong».

El proyecto crece vertiginosamente, salta de campus en campus, pero cuando su socio Eduardo Saverin (Andrew Garfield) le avisa –«es hora de rentabilizarlo»–, él no lo ve claro: «Esto todavía no es un negocio». Hasta entonces, ambos habían estado buscando inversores, en unas reuniones que Mark pasa dormido o haciendo el bobo. La cosa cambia cuando conoce al fundador de Napster.

El ‘gurú’ de Napster

La aparición de Sean Parker (Justin Timberlake) altera el guión del protagonista. Es otro tipo listo pero cuenta con habilidades de las que Zuckerberg carece. Incluso en su relación con las mujeres, como se observa en su primera escena, en el piso de Parker, cuando tiene lugar un diálogo fantástico en el que reconoce que no acudió a la universidad.

–Soy empresario, dice Parker. Y ella: –Ah, estás en paro.

La idea de la chica cambia cuando le cuenta que fundó una puntocom que ella misma conoce. Sólo entonces recapacita: «Eres un millonetis».

Justin-Timberlake-and-Jesse-Eisenberg-The-Social-NetworkZuckerberg y Parker son emprendedores natos, y cuando se encuentran, este último olfatea al momento la idea. A Mark le impresiona el fundador de Napster –el primer humano por el que se interesa en toda la cinta–, que es joven, excéntrico y ha fundado ya dos compañías. Ambos tienen diferencias notables: mientras Sean es un calavera con caprichos caros, Mark roza la sociopatía y se pasa la película en camiseta y chanclas. El nuevo socio sabe desenvolverse y le abre los ojos al mundo empresarial:

«No es momento de retirar la apuesta: un millón no mola, molan mil millones».

«Los inversores te van a decir ‘buena idea, nene, ahora ya nos encargamos los mayores del asunto’. Pero no esta vez, éste es nuestro momento».

El episodio con los gemelos nos revela al empresario sin escrúpulos que hay en el fundador de Facebook, una impresión que luego se confirma cuando engaña a su socio Saverin en la firma de una nueva emisión de acciones por la que pasa de tener el 30% al 0,3% de la compañía. La demanda de Saverin afila la arrogancia de Zuckerberg, que no quiere compartir el éxito de su creación, aunque al final también tendrá que pagarle e incluso restituir su nombre en la home de la red social.

La película acaba en la mesa de juntas del despacho de abogados, con Mark Zuckerberg solicitando amistad a su ex novia y dando insistentemente al F5 esperando una respuesta. Fincher-Sorkin nos dibujan un emprendedor inteligente, decidido y obsesionado con su proyecto, y también un perfecto gilipollas social. «Las camisetas sí eran mías. Fue en lo único que acertó la cinta», dijo el Zuckerberg real tras verla. Una frase que seguro le hubiera encantado escribir al propio Sorkin.

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