Daniel Plainview, el ogro de ‘Pozos de ambición’

Daniel Day-Lewis, Daniel Plainview (There will be blood).

El Comité de Traducciones Mojigatas de Títulos Cinematográficos decidió doblar el There will be blood del film de Paul Thomas Anderson (2007) por el más contundente (?) Pozos de ambición, pues ya se sabe que la ambición es cualidad más cruenta que la propia sangre por estos predios.

El guión de Anderson parte de la novela Oil! (1927), de Upton Sinclair, y cuenta el ascenso y caída de Daniel Plainview, un empresario sin escrúpulos en la California de principios del XX, cuando el petróleo era la industria motriz de los emprendedores del oeste, a la espera de Hollywood y Silicon Valley. La interpretación de Day-Lewis le valió su segundo Oscar, aunque aquel año se marcó una perfect season ganando también el Bafta, el Globo de Oro y el Premio del Sindicato de Actores.

Un empresario paranoico y «familiar»

¿Qué clase de empresario nos cuenta Pozos de ambición? Como tantos otros, Plainview comienza desde abajo. Concretamente, desde el fondo de una mina en la que cerca está de perder la vida por un trozo de plata. No es extraño pues que este self made man entienda su día a día como una lucha por la supervivencia en la que el petróleo lo es todo. El personaje toma cualidades de pioneros históricos como Edward Doheny o John Rockefeller, pero sin la vertiente filantrópica que estos tuvieron. Plainview es simplemente cruel, paranoico y aparentemente sin un atisbo de humanidad. El hombre del saco habitual en estos casos.

Cuatro años después de salir de aquella mina ya gestiona una pequeña perforación. En breve sumará otras 15. Será entonces cuando reciba un extraño soplo que le llevará a Little Boston, un pequeño pueblo sin recursos y en cuya comunidad es pieza central el pastor Eli Sunday. Allí conquistará su fortuna.

La familia es, junto a la iglesia, el única asidero de aquella tierra inhóspita. Plainview lo sabe, y decide hacerse cargo del hijo de su compañero muerto en un accidente en la perforación. ¿Una buena acción? Error: un hijo le servirá para forzar el argumento de empresa familiar. Al fin y al cabo, «es más fácil si se acude a negociar con una cara bonita, ¿no?».

Por eso no tiene empacho en dejar a su hijo malherido durante una crisis –«¿por qué tienes esa cara de infeliz? Hay un mar de petróleo bajo nuestros pies»–, o en abandonarlo sin demasiados remordimientos. Más tarde aparecerá un espontáneo hermano del protagonista, que también saldrá malparado.There Will Be Blood_1

Hora de negociar: la demagogia

Una de las escasas cualidades positivas del personaje de Day-Lewis es su habilidad para engatusar a la audiencia. Plainview es un vendedor de crecepelo al que por supuesto no le importa mentir, y que tan pronto previene contra los estafadores«De todos los hombres que les pidan perforar aquí, uno de cada 20 será empresario, el resto especuladores que intentarán quedarse con parte de su dinero»–, como señala las desventajas del outsourcing: «Aunque encuentren a uno, no sabrá nada de perforaciones, recurrirá a terceros y ustedes dependerán de un contratista que lo hará todo corriendo para conseguir otro contrato».

El protagonista es un especialista en el arte de levantarse de una mesa de negociación y, sin embargo, pierde el oremus cuando olfatea un negocio. Ni siquiera intenta ser justo ni honesto con la familia en cuyo rancho habrá de perforar: «No voy a pagarles por el petróleo, sólo por las codornices [que le dejaron cazar]».

El engaño y la demagogia vuelven a aparecer en la carrera por hacerse con las tierras de alrededor del rancho, para lo que organiza asambleas y recuerda lo familiar de su negocio y el «trabajo codo con codo» con su «maravilloso hijo». Como benefactor, él procurará enriquecer a sus gentes y construir escuelas«la educación es lo más importante y los niños deben tener lo mejor»–, convertir en fértil una tierra antes yerma, crear empleo y, cómo no, pan («es inadmisible que muchos consideren hoy una hogaza un artículo de lujo»).

La competencia y el odio

El pastor Eli es su némesis, un hueso que conoce el potencial de las tierras y que tiene tras de sí toda la fuerza de la Iglesia. Una iglesia que se va inmiscuyendo en sus planes porque –cómo no– también quiere parte de la tajada. Eli consigue sacar los peores instintos de Daniel casi tanto como la competencia –principalmente la Standard Oil de Rockefeller–, otra de las obsesiones del protagonista.There Will Be Blood_3

En el único momento en que Plainview se mostrará íntimo será, precisamente, para confesar su inhumanidad:

«Llevo dentro la competitividad, no quiero que otros tengan éxito. Odio a todo el mundo (…). A veces miro a las personas y no veo nada que me guste. Quiero ganar dinero suficiente para aislarme del mundo (…). Sólo he acumulado odio a lo largo de los años».

Una joyita.

Las últimas escenas muestran en un salto temporal el ocaso de un hombre ya desequilibrado por completo, al que aún le queda por asistir al abandono de su hijo –«¡te conviertes en mi competidor!»– y al que replica de forma brutal, pese a escuchar de él el único elogio en toda la cinta: «He aprendido a amar lo que hago gracias a ti».

No obstante, Daniel Plainview no promoverá muchas vocaciones emprendedoras entre los espectadores, que antes preferirían con gusto estrangularlo. Su personaje es colérico, desalmado y sin una pizca de grandeza, y su fracaso, palpable, pese a no faltarle ya ni el dinero ni el petróleo.

Lo curioso es que precisamente la ambición –ese deseo frustrante que nunca se expía– es lo único que separa su retrato de un monstruo y le acerca al hombre. Por mal que les parezca a quienes traducen los títulos.

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