El único capricho de Ingvar Kamprad

Ingvar Kamprad IKEASentado en el porche de su granja, el padre del fundador de Ikea debió sospechar que su hijo no seguiría sus pasos cuando, a los cinco años, le vio vender cajas de cerillas que previamente había comprado a granel. En Småland, un pequeño pueblo del sur de Suecia, iniciaría el joven Ingvar Kamprad (1926) una trayectoria empresarial que –rozando ya los 90 tacos de almanaque– aún se resiste a abandonar, y cuya creación recibe 716 millones de visitantes al año.

De las cerillas pronto pasa a otros artículos, que distribuye él mismo en bicicleta y, después, aprovechando el camión de reparto de leche: «En mi último año de secundaria, los inocentes negocios de la infancia empezaron a convertirse en una empresa de verdad, bajo la cama de mi habitación de interno en Osby tenía una caja de cartón llena de cinturones, monederos, relojes y estilográficas».

El inquieto Ingvar no descuida sus estudios –recibe una formación austera que marcará su personalidad– pero a los 17 años decide fundar Ikea Agunnaryd con las 10 coronas que le entrega su padre por sus buenas notas. De aquella época surge su obsesión por «hacer siempre lo contrario que los demás» y por la «cuestión decisiva» de cómo transmitir el producto de la fábrica al cliente del modo más rápido y barato posible.

De las medias de nailon y las joyas va poco a poco especializándose en muebles, que realizan fabricantes locales y él vende por catálogo desde uno de los barracones de la granja familiar. El surtido se va ampliando, y en 1953 monta una exposición en Almhult, donde por primera vez los clientes pueden ver y tocar los productos.

Los años del boicot

En menos de 10 años, Kamprad ha encendido todas las luces de alarma de un gremio obsoleto, que no duda en vetar su entrada a ferias o en presionar a sus proveedores para que no vendan al advenedizo veinteañero. Algunos fieles se arriesgan y deciden seguir entregándole mercancía con nocturnidad o mediante direcciones falsas.

«Personalmente, he relegado en mi memoria la época del boicot. Saqué la conclusión de que nunca resulta rentable trabajar con espíritu negativo. Los problemas deben verse como posibilidades». El empresario mira a Europa. Concretamente a Polonia, donde hubo de convertirse en su propio fabricante para vender.

Aún faltaba el hallazgo definitivo, que llegó en 1956 de uno de sus colaboradores cuando optó por quitar las patas a una mesa LÖVET para que cupiese en el maletero. Los costes de transporte se reducían así hasta un 70%, lo que tenía un efecto inmediato sobre el precio. Así surgen los paquetes planos y el automontaje, para alborozo de la marca y desesperación y trauma vertebral de medio mundo.

En 1958 abre en la misma Almhult su primera tienda –la más grande de toda Escandinavia– y comienza a expandirse. Cinco años más tarde desembarca en Noruega, el primer paso internacional de una trayectoria que hoy sitúa a Ikea en 27 países con más de 300 establecimientos.

El magnate austero

Ingvar Kamprad IKEA3Pese a su intento de pasar inadvertido –«soy un sueco típico. Me cuesta reír sin aguardiente»–, Kamprad es un tipo peculiar. Durante años vivió en un modesto bungalow de Lausana y condujo un Volvo 240 GL dos décadas. Quienes le conocen destacan su paternalismo y su exagerada austeridad: viaja en low cost, se aloja en hoteles baratos y no duda en compartir habitación con sus colaboradores.

«Podría viajar regularmente en primera, pero tener mucho dinero no parece un buen motivo para despilfarrarlo. ¿Por qué elegir primera clase? ¿Para que la azafata me regale una copa de champán? Si me ayudara a llegar más rápido, entonces tal vez».

En su Testamento de un comerciante de muebles –el catecismo de Ikea, escrito por su creador y principal profeta–, hace hincapié en la humildad y la simplicidad como directrices, y tacha de «pecado mortal» el desperdicio de recursos.

Pasado oscuro, pago de impuestos

A mediados de los 90 se destapa una antigua relación de Kamprad con un líder sueco de un partido pronazi. Había sido una amistad de juventud pero puso a Ikea ante la mayor crisis de su historia. Ingvar la desactivaría de forma brillante. En principio, envió copias a los medios de todos los documentos que le relacionaban con aquel político, y escribió una carta a sus empleados para explicar lo que consideraba «el mayor error» de su vida: «Tú has sido también joven, y encontrarás en tu pasado algo que, visto ahora, piensas que era ridículo y estúpido. En ese caso me podrás entender mejor».

Ikea es una empresa indiscutiblemente nórdica. Vende diseño sueco, los productos se bautizan en su idioma y tanto su rótulo como los uniformes de sus empleados replican los colores de su bandera. Sin embargo, esto no fue óbice para que Kamprad buscara en 1982 liberarse del férreo sistema impositivo de Suecia mediante la creación de la Fundación Stichting INGKA, ubicada primero en Suiza y finalmente en Países Bajos.

Mediante un complejo mecanismo dicha fundación le aseguraba además el control ejecutivo y el futuro del proyecto. Hace tres años, desaparecía del ranking de Forbes al acreditar que el dinero que le atribuían no era suyo sino de la Fundación, aunque otros estudios siguen situándole como el segundo europeo más rico, por detrás de Amancio Ortega.

La creación de la Fundación Ikea fue el penúltimo movimiento de Ingvar Kamprad antes de ceder el puesto de CEO a mediados de los 80. Durante todos estos años se ha mantenido como asesor de la empresa matriz, e incluso hoy sigue acudiendo a supervisar las tiendas, pese a que desde 2013 sus hijos han tomado las riendas: «El sentimiento de haber acabado algo es un somnífero muy potente. Una persona que se jubila pensando que ha hecho su parte enseguida se marchita».

 

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