‘Tucker’: atropello al sueño americano

Tucker 1«Soñador, inventor, visionario. Un hombre adelantado a su tiempo». Con una publicitaria voz en off presenta Francis Ford Coppola a Tucker (1988), el empresario que se enfrentó a la gran industria automovilística con las únicas armas de un boceto de coche inverosímil y una inexpugnable fe en sí mismo. Venció, por más que su victoria fuera pírrica.

Preston Thomas Tucker (Jeff Bridges) es el ejemplo del emprendedor kamikaze que lo cifra todo a lo consecución de su proyecto. Obsesionado desde pequeño con los automóviles, su deseo es «diseñar y crear el mejor coche» de la historia. La acción se sitúa en Michigan, a finales de los 40. Preston lleva más de una década imaginando un automóvil revolucionario tecnológicamente y low cost. No queda claro cuál de estos dos aspectos irrita más a “las tres grandes” de Detroit –General Motors, Chrysler y Ford–, que utilizarán su poder político para frenar al advenedizo.

Tucker tiene carisma y desprende un aura de triunfador. Es todo entusiasmo, y suple sus carencias fundamentales –técnica, gestión y recursos, básicamente– con optimismo, tesón y una indeleble sonrisa. Por ello cree que le bastarán cinco años para adelantar a la competencia, aunque en el modelo esbozado ni siquiera se haya calculado que quepa una persona de talla normal. Su delirio le lleva a pujar por la fábrica más grande y cara del mundo. Cuando la obtiene confesará a su socio, Abe Karatz (Martin Landau): «Todo lo que necesitamos ahora son 15 millones de dólares y un coche». Ya no es que ni siquiera tenga un prototipo: «Tampoco tengo un centavo para construirlo».

Burocracia y ‘lobby’, antagonistas

El mundo de la publicidad vertebra la cinta, y el propio Tucker será imagen de su marca, al igual que su numerosa familia, en quien se apoya y con quien toma todas las decisiones. Usará los medios para lanzar un coche que aún no existe pero que ya todos quieren «porque lo recomiendan las revistas». Luego, cuando empiecen los obstáculos judiciales, el juego se volverá en su contra: «Si los titulares dicen que soy un ladrón, estamos acabados».

La hilarante y accidentada presentación del automóvil marcará el inicio de sus problemas. Está a solo un paso de la cadena de montaje pero no se lo van a poner fácil. Es ingeniero y no comprende el funcionamiento de las grandes corporaciones, y así, mientras marcha de gira promocional, Robert Bennington –CEO impuesto a la empresa y el tipo de Detroit en quien deben confiar los inversores– va a cambiar el diseño bocetado, empezando por los cinturones de seguridad –porque «dan sensación de inseguridad», según los gurús de marketing– hasta el motor trasero –«una fantasía que no funciona»–, pasando por duplicar el precio proyectado.

Tucker 2Por primera vez Tucker se desespera al ver que se le acaba el tiempo y el prototipo no se parece en nada a su idea. Entretanto, ha tenido que escuchar una nada velada amenaza del senador por Detroit, conchabado con el lobby automovilístico, del que también recibe un consejo sarcástico: «Los problemas son sólo oportunidades en ropa de trabajo».

Justo entonces, la suerte –audaces fortuna iuvat– se le presenta en forma de llamada del excéntrico magnate de la aviación Howard Hughes. También está atrapado en su sueño y perseguido por el senador, pero le pone sobre la pista de una empresa que facilitará el acero barato y los motores que necesita. Tucker y Hughes son almas gemelas pasando por dificultades: «Abogados. Sólo se preocupan de si vuela o no, ¿a quién le importa? Eso no es lo que cuenta».

Emprendedores: «la historia de este país»

Finalmente Tucker conseguirá su prototipo, con las innovaciones y al precio prometido, lo que consigue enfurecer al senador, que irá a por él con una campaña difamatoria. «Hiciste el coche demasiado bien», le advierte el financiero Karatz, ya «contagiado» por sus sueños. Una comisión le acusa de fraude y conspiración para estafa, confiscan sus archivos y cierran la planta, que clandestinamente logra sacar adelante 50 unidades.

Durante las conclusiones finales del juicio Tucker reconoce su estupidez pero defiende sus logros. Su discurso es un monumento al afán emprendedor que distingue al american way of life, verdadero leitmotiv de la película:

«Cuando era un niño me gustaba leer lo que podía sobre Edison, los hermanos Wright, y también del señor Ford. Eran mis héroes. De la pobreza a la riqueza [rags to richest] no es sólo el titulo de un libro, también es la historia de este país. Inventamos el sistema de libre empresa y cualquiera, no importa quién fuera, ni de dónde viniera, ni su clase social, si tenía una idea mejor sobre algo podía llegar donde quisiera.

(…) Si las empresas cierran sus puertas al hombre que tiene buenas ideas no sólo estamos cerrando la puerta al progreso, estamos saboteando una cosa mucho más importante, lo que en verdad representa esta nación: un día nos encontraremos que somos del montón en vez de ser los líderes, y no sabremos por qué nos encontramos en esta situación. Compraremos radios y coches a nuestros antiguos enemigos… bueno no puedo creer que eso ocurra, porque si alguna vez dejara de creer en el sentido común del pueblo norteamericano, no me levantaría de la cama».

Tucker saldrá impune del juzgado, pero también sin compañía y con sólo 50 coches fabricados. «¿Qué más da 50 o 50 millones? Son sólo máquinas. Es la idea lo que cuenta. Y el sueño», confesará a Karatz, repitiendo prácticamente las palabras que le dijera Hughes.

Seis años después Preston Tucker fallecería dejando un legado de medio centenar de vehículos, de los cuales aún funcionan 46, tras más de seis décadas desde su montaje. Pero no sólo eso. Las innovaciones planteadas por el Tucker Torpedo, como la inyección de combustible, los frenos de disco o los cinturones de seguridad fueron siendo adoptadas paulatinamente por Detroit, y todavía hoy se utilizan.cars 8

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