Phineas Barnum, inventor del circo ‘freak’

Phineas Barnum 1 Considerado el gran showman americano de los últimos 150 años, este astuto empresario y político conservador fue el maestro de ceremonias de un museo de los horrores con el que hizo fortuna. El truco: una innata habilidad para entretener a los demás con patrañas y provocaciones. Pasen y vean.

«Soy un showman por vocación, y el dinero no me convertirá en nada mejor», decía Phineas Taylor Barnum (1810-1891), pese a que su último objetivo fue siempre «llenar los bolsillos». De vivir hoy «sería una mezcla de Walt Disney y Donald Trump», señala la directora del Barnum Museum, Kathleen Maher. En cuanto a referencias patrias, pongamos a un Javier Sardá o un José Luis Moreno, salvando –claro– las oceánicas distancias en cuanto al talento.

Al pequeño Barnum le cautivó el afán de su abuelo materno por el entretenimiento a costa de los demás. Aquel tipo «podía llevar una broma de mal gusto más lejos que nadie, aguantarla tanto como ninguna otra persona bajo el cielo». La vida, en cambio, le dirigía hacia otras labores menos lúdicas en la granja familiar, un trabajo que Phineas aborrecía. Él solía achacar su merecida fama de vago al constante discurrir de su mente para no tener que ganarse el pan con sudor.

Poseía, no obstante, talento para las ventas. Desde muy joven organizaba una lotería popular, abrió una tienda de dulces e incluso fundó un periódico, The Herald of Freedom. Para algunos, las rifas eran una estafa, y la publicación, un libelo. La mentira ya era –y seguiría siendo– su gran aliada.

En la década de los 30 se casa y se muda a Nueva York, donde poco después se iba a cruzar con la persona que le abriría las puertas del estrellato. Se llamaba Joice Heth, y es considerada el primer freak de la historia. Barnum pagó mil dólares por esta anciana afroamericana de edad ignota: él decía que tenía 161 años y que había sido niñera de George Washington. Con Heth recorrió multitud de ciudades abarrotando los auditorios de curiosos que acudían a escuchar las historias de la vieja. Si el cuento decaía, lo retorcía asegurando que la mujer era en realidad un autómata hecho con cuero y huesos de ballena. Cuando murió, vendió entradas para acceder a la autopsia.

Barnum’s American Museum

Poco a poco va perfilando su carrera. Compra un museo en la parte baja de Broadway, para lo que tiene que hipotecar sus bienes. Los recuperó en un año. Abrió el 1 de enero de 1842 y tuvo una brillante carrera de dos décadas, hasta que se incendió –un episodio que aparece en Gangs of New York en una libre interpretación de Scorsese–. Con el Barnum Museum desafió los prejuicios de una sociedad que comenzaba a formar su idiosincrasia, y para la que el entretenimiento tenía aún algo de inmoral. Allí se concentraban desde reproducciones de las cataratas del Niágara hasta rarezas animales, tragasables, mujeres barbudas y lusus naturae: personas con alguna deformación, como los famosos siameses Chang y Eng.

Phineas Barnum 2 Gangs of New YorkBarnum se aprovechaba de ellos en unas prácticas perversas juzgadas más de un siglo después, pero también les otorgaba un status de estrella y una salida que jamás hubieran tenido en aquellas circunstancias. De entre todos destacó Charles Stratton, un enano al que nacionalizó inglés, disfrazó y puso el nombre de General Tom Thumb. Aquel personaje fascinaba al público, y se convirtió en íntimo de Barnum, con quien llegó a actuar en el Palacio de Buckingham ante la Reina Victoria, en una gira que les llevó por varios países europeos y sirvió para enjugar algunas deudas contraídas por malas decisiones empresariales.

«El público es sabio»

A este showman se le atribuye erróneamente la frase de «cada minuto nace un idiota». Al contrario, Phineas consideraba que «el público es más sabio de lo que se piensa», y si acudía en masa a sus espectáculos era porque él ofrecía lo que querían ver. Por supuesto no todos se sorprendían de veras. Algunos iban para burlarse, otros autoengañados –el llamado efecto Barnum, que hoy impera en los creyentes del horóscopo– y la mayoría eran simples mirones en busca de atracciones exóticas, por más que estas sólo fueran trucos, bulos –Phineas inventó el hoax– o simples fábulas.

Fue un genio del engaño y la venta sensacionalista, y usó como nadie el marketing para atraer a su clientela: «Sin publicidad sucede algo terrible: nada».

Barnum también fue un escritor –su The art of money getting es todo un best-seller– y un político notable. Se declaró a favor de la abolición de la esclavitud y pregonó que «con un alma humana no se juega» –lo que no deja de tener su guasa–. Elegido por los republicanos para el condado de Fairfield, no llegó al Congreso aunque lo intentó en dos ocasiones. También fue alcalde de Bridgeport, a la que trato de convertir en una próspera ciudad industrial.

«The greatest show on earth»

Pese a que se le relaciona con el circo, Barnum no se dedicó a él hasta cumplir los 61 años, cuando, motivado por varios conocidos, pone en pie el “P.T. Barnum’s Grand Traveling Museum, Menagerie, Caravan & Circus”, circo ambulante y freak show que se dio a conocer como «the greatest show on earth». Su modesto deseo era «eclipsar totalmente al resto de espectáculos que se hayan visto en el mundo».

Poco después, James A. Bailey, considerado padre del circo moderno, le propone unir sus montajes para formar el Barnum & Bailey Circus, que en 1881 partiría de Nueva York para recorrer 12.000 kilómetros. Cargados con tres carpas con capacidad para 10.000 personas, por primera vez en la historia de la industria se transportaba en tren este tipo de espectáculo, lo que ya constituía una atracción por sí misma. También fue el dueño del primer Madison Square Garden, que convirtió en un fastuoso hipódromo.

El público se rindió ante tamaño despliegue, al que un año después se uniría Jumbo, el mayor elefante del mundo –que con el tiempo serviría para designar macromagnitudes, como el mismo Boeing 747– y uno de sus mayores éxitos. Jumbo ayudó a elevar sus ingresos hasta los 1,4 millones de dólares en 1883. Poco después el animal sería atropellado por un tren en Ontario. El espectáculo continuó recorriendo EE UU más allá de las muertes de sus dos socios, y en 1919 acabaría fusionándose con el circo de los Ringling Brothers, los más grandes de la industria, con quien aún perdura hoy.

En 1891, Phineas Barnum fallecía debido a una insuficiencia cardíaca. Un mes antes había publicado su propio obituario en el Evening Sun, preocupado como estaba por saber cómo le recordaría la gente. Dicen que sus últimas palabras fueron: «Pregúntenle a Bailey qué taquilla hicieron anoche en el Garden».

Su museo en Bridgeport se considera un tesoro nacional, legado de un self made man que supo reinventarse como nadie –uno de los 1.000 personajes del milenio, según Life–, y que «vivió para el entretenimiento porque sabía que el entretenimiento le daría beneficios». En 2015 Barnum volverá a subir el telón con el biopic que sobre su figura prepara Hollywood, titulado The greatest showman on earth y protagonizado por Hugh Jackman.

Phineas Barnum 3

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