Gordon Gekko y el alma de Fausto en ‘Wall Street’

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En el año 2008 Gordon Gekko ascendía al cuarto lugar del ranking de los personajes de ficción más ricos, según Forbes. La fortuna del tiburón financiero interpretado por Michael Douglas en Wall Street superaba la de cresos como Jabba el Hutt o Tony Stark, y sólo palidecía ante las de dibujos animados como el Tío Gilito o Richie Rich.

Oliver Stone plantea en esta película de 1987 el secular conflicto entre el Bien y el Mal, la riqueza –el poder– y la moral, una disyuntiva maniquea que ya había manejado con éxito en Platoon. Aquí se superaría, convirtiendo la cinta en paradigma de los excesos bursátiles de los 80 gracias al hallazgo de este Gekko el Magnífico, magnate sin alma en busca del máximo beneficio en el menor plazo, e icono del capitalismo «sin piel», que dicen hoy algunos.

Del reverso se encarga el sindicalista Carl Fox (Martin Sheen), padre de Bud (Charlie Sheen), el aprendiz de bróker que firmará con Gordon la transacción de su alma a cambio de bajas pulsiones materialistas.

Una panorámica aérea de Manhattan mientras suena Fly me to the moon nos anticipa el viaje iniciático que llevará irónicamente a Bud al infierno de las finanzas salvajes. Porque de eso trata este Fausto posmoderno, con Gekko-Mefistófeles, rico por su corrupción y sus engaños, manipulando a un presunto pardillo.

Sólo que Bud Fox tampoco es un idealista. Su motivación es el dinero, mejor cuanto más rápido. «¿Quién quiere seguir viniendo a trabajar con 60 años?», se pregunta. «Ya no hay nobleza en ser pobre», regaña en otra ocasión a su concienciado padre. Sólo éste atemperará el empacho materialista de la película, afanándose en cada escena por explicar que el dinero «es un coñazo. Algo que necesitas por si no te mueres mañana».

Un tiburón manipulador y sin escrúpulos

En el otro lado está Gordon Gekko como sublimación del mal. El personaje regaló un Oscar a Michael Douglas y pasó directamente al Olimpo de malignos cinematográficos, casi a la altura de Hannibal Lecter… salvo por el hecho de que probablemente el caníbal genere más afecto.

Su papel está bocetado sobre el agente de bolsa Iván Boesky que, como el propio Gekko, se hizo multimillonario con la compraventa de activos y fue condenado por fraude. También fue quien pronunció una de las frases más conocidas de la película: «La ambición, a falta de otra palabra mejor, es buena, es necesaria y funciona». Curiosamente, en la versión original se usa greed (codicia), que aquí se tradujo con un significado monetario menos evidente.

Gekko es inteligente, manipulador y está desprovisto de escrúpulos. Gracias a estas cualidades ha consolidado el mayor imperio financiero de Wall Street y una reputación nefasta, de sobra conocida pero que no impide a Fox declararse nada más conocerle: «Siempre he soñado hacer negocios con un hombre como usted». Para aderezar el contexto, Stone le sitúa como hijo de una familia humilde –«mi padre trabajó como un negro y cayó muerto de un ataque al corazón y sin blanca»– y le casa con la rica heredera de un imperio hotelero.

El entretenimiento del raider Gekko pasa por adquirir un porcentaje minoritario de acciones de empresas pero suficiente para intervenir en su gestión con el fin de «generar valor» y, llegado el momento, venderlas (o bien trocearlas y venderlas igualmente, como haría poco después Richard Gere hasta su providencial encuentro con Julia Roberts).

Su momento estelar llega en la asamblea de Teldar Paper, una de sus participadas: «No soy un destructor, soy un liberador de compañías», explica a la entregada audiencia, antes de glosar las bondades de la ambición, cualidad «que ha marcado la vida de la Humanidad y salvará a esta empresa y a esa otra que va mal, que es EE UU».

La información«la cosa más valiosa del mundo»– y las enseñanzas de Sun Tzu«toda batalla es ganada antes de ser librada»– constituyen el corpus filosófico del personaje. «No soy de los que pierden, no hay cosa que más me moleste que eso”, advierte.

«El dinero no duerme»

Pese a su habilidad para la trampa, el reclutamiento de Bud no tiene nada de engañoso: «Esos economistas de Harvard no valen para nada. Hace falta un tío listo, hambriento y sin sentimientos». Le pide que espíe para él, y Bud, tras una duda inicial, termina aceptando. Al final, serán sus recién descubiertos «sentimientos» los que llevarán a ambos a la cárcel.

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Pero entretanto, ya es suyo. Fausto ha sellado su pacto, a cambio ¿de qué? Desde el principio sabemos que Bud sólo persigue el dinero y un rápido retiro. Gracias a su colaboración se compra un casoplón en el Upper East Side y conoce a celebridades como Larry Wildman, otro macho alfa de las finanzas y némesis de Gekko, con quien éste mantiene un ridículo diálogo de fantoches, con frases como: «puedo quemar las acciones sólo por hundirte», «podría comprarte seis veces», o «venderías a tu madre por hacer negocio y la enviarías a cobro revertido».

«El dinero no duerme», le dice a Bud su protector, poco antes de emocionarse con un amanecer igual que el archienemigo que acaricia el gato para demostrar, sea por una vez, su humanidad. Ya hemos visto el tópico recurso de desproveer a estos personajes de rasgos como la compasión o la empatía, como si la ambición o la codicia no fueran ya impulsos suficientemente humanos.

Gordon regresa a su quehacer en Bluestar, la aerolínea donde trabaja Carl Fox y en cuyo accionariado entra gracias al chivatazo de Bud. Otra vez se presentará como salvador, y explicará a los sindicatos su solución, que obviamente pasa por un «modesto» recorte salarial y más horas de trabajo: «el mismo remedio que los ricos llevan ofreciendo a los pobres desde el principio de los tiempos», le espeta el sindicalista.

La réplica no asusta a Gekko, seguro de que «si vale la pena hacer algo es por dinero», y decide desmantelar la aerolínea. «La hundí porque era hundible», le argumenta al ya sensibilizado bróker. Al fin y al cabo, «lo que importa es el dinero, el resto es conversación».

La moral vence al «dinero fácil»

Pero el bueno de Stone no nos puede dejar tan a merced de los malvados que mueven los hilos de la economía, y el otrora pececillo se vengará del tiburón, que para sorpresa de todos no le ve venir, y a cuyo despacho entra ya cualquiera en estampida, sorteando a la anteriormente inexpugnable secretaria-cancerbero.

Los dos purgarán sus excesos en la cárcel, pero Bud ha salvado su moral, y su padre le conmina a olvidarse «del dinero fácil», y a hacer algo positivo. «Crear algo en vez de vivir de lo que otros compran o venden», dice –lo cual, siendo aquel enlace sindical, también tiene su guasa–. No sabemos si el joven se reformará tras su paso por la ergástula, pero Gekko regresará 23 años después para seguir corrompiendo, y para que el realizador pueda continuar explicándonos quiénes son los malos en las crisis.

Al final, es uno de los jefes del bróker quien de modo más certero expresa la tesis de la película: «Lo malo del dinero es que te obliga a hacer cosas que no quieres», sentencia. O sea, como el matrimonio o tener alto el colesterol.

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