La locura animada de Walt Disney

Walt Disney, en una playa de Brasil.

«Y así, después de esperar tanto, un día como cualquier otro decidí triunfar… decidí no esperar a las oportunidades sino yo mismo buscarlas». De este modo iniciaba una reflexión sobre su vida un tal Walter Elias Disney (1901-1966), cuarto de cinco hermanos de una familia humilde que pronto se trasladaría a Marceline (Misuri) desde su Chicago natal, para trabajar en una granja. El niño Walt viviría allí sus días más felices, y allí se despertaría su afición por el dibujo.

Poco después de instalarse su padre contrajo unas fiebres tifoideas que les obligaron a marcharse e instalarse en Kansas City, donde Walt le ayudaría repartiendo periódicos. Nunca fue un buen estudiante. A los 17 años abandonó el instituto para enrolarse en la Marina y combatir en la Gran Guerra, si bien al no tener la edad suficiente, acabaría en el cuerpo de ambulancias de Cruz Roja –donde coincidiría con Ray Kroc–. Le trasladaron a Europa pero el conflicto terminó antes de iniciar su misión, por lo que unos meses después solicitaría su regreso a EE UU, ya con una idea en la cabeza: ser dibujante del Kansas City Star, el diario que había repartido de pequeño.

Pronto coincidió con el excepcional dibujante Ub Iwerks –según muchos, el auténtico creador de Mickey Mouse–, con quien fundaría una primera compañía sin mucho éxito. Mientras ambos hacían anuncios para la Kansas City Film Ad, Disney comenzó a aprender las técnicas de animación y estudió libros de anatomía, mecánica, manejo de cámaras… y volvió a intentarlo: en 1922 creaba la Laugh-O-Gram Films, cuyos cortometrajes animados sobre cuentos populares alcanzaron cierto éxito, pero insuficiente para eludir la bancarrota.

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 40 dólares y un billete a Hollywood

Vendió su cámara y compró un billete para Hollywood, donde llegó con 40 dólares y una película sin terminarAlice’s Wonderland– que, contra todo pronóstico, convenció a una distribuidora de Nueva York. Walt llamó entonces a su hermano Roy para que se ocupara de la parte económica del pequeño estudio que, con el tiempo, se convertiría en la Walt Disney Company, y que comenzó con una serie de cortometrajes sobre Alicia.

En 1927 Universal Pictures le solicita una nueva serie de animación, donde su protagonista, “Oswald, el conejo afortunado” –dibujado por Iwerks, también repescado por Walt–, constituye todo un éxito. Todo va sobre ruedas hasta que, un año después, acude a Nueva York a reunirse con el distribuidor, que le plantea una rebaja importante en el precio de cada trabajo, informándole además de que la mayor parte de su equipo se iría con él en caso de rechazar la oferta. Perdería además los derechos de Oswald, desde entonces propiedad de Universal hasta que, 78 años después, volverían a manos de Disney.

Un ratón llamado Mickey

La pérdida de parte de sus dibujantes y de su exitoso conejo espoleó a un Walt Disney que probaría suerte con un ratón animado, más bien una variación de Oswald, y al que la mujer de Walt bautizaría como Mickey. Sus primeros cortos pasaron inadvertidos, pero la inclusión de sonido en su película Steamboat Willie cambió el panorama. El propio Walt pondría voz al ratón hasta 1947.

Los años 30 serían los del despegue de Mickey, que llegó a ser nombrado símbolo internacional de buena voluntad. Mientras continuaba su éxito con la serie Silly Simphonies, el emprendedor demostraría su habilidad para el merchandising, reproduciendo el personaje en infinidad de canales de negocio y productos. Hasta Cartier llegó a confeccionar un brazalete con su efigie. En esta época también surgen nuevos personajes como el Pato Donald, Goofy o Pluto, pero sufre un varapalo con la salida de Iwerks de la compañía.

Sueña, fracasa, sigue soñando

El creciente empresario planearía entonces lo que se llamó “la locura de Disney” –Disney’s Folly–: la producción de un largometraje de animación sobre Blancanieves que, según todos, acabaría arruinando el estudio. Probó innovaciones como la cámara multiplano, contrató técnicos y profesores para lograr personajes animados realistas y con personalidad y se esforzó por multiplicar la calidad del metraje. Dos años después se quedaba sin blanca.

Finalmente, el Bank of America le prestó los fondos para terminar una cinta cuyo presupuesto inicial eran 250.000 dólares pero que terminó por necesitar casi seis veces más. Fue la película más taquillera de 1938 y devolvió liquidez a la compañía. Pero Walt lo volvió a hacer: los irregulares resultados de sus dos siguientes cintas –Pinocho y Fantasía– y la construcción de unos nuevos estudios trajeron de nuevo las deudas.

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El mágico mundo de Disney

La huelga de empleados de animación en 1941 también afectó sensiblemente a un patrón receloso de los sindicatos. Ese mismo año se estrenó Dumbo, pero la entrada de EE UU en la Segunda Guerra Mundial –apoyada por el estudio con cortometrajes propagandísticos– no resolvió los apuros económicos, algo que Walt Disney enfrentó con los reestrenos de sus grandes éxitos, lanzando nuevas producciones y diversificando su oferta. En esta época comienza a desarrollar su idea de un parque de atracciones cerca de Los Ángeles para el ocio de sus empleados y familias, que vería la luz en 1955. Esa década estuvo marcada por la exitosa competencia de Warner y su Bugs Bunny.

Walt también se interesaría por otras ramas de la industria, como películas de acción real o la televisión. En los 60 ya era la mayor empresa de entretenimiento familiar del mundo. Comenzó entonces a planear un nuevo parque y repitió éxito con Mary Poppins, que llegó a estar nominada a mejor película del año. Fue de sus últimas alegrías. En 1966 se le diagnosticó un cáncer de pulmón y falleció de un paro cardiorrespiratorio antes de acabar el año. Su hermano Roy continuaría el proyecto de Disneyworld, abierto en 1971.

Hoy, la compañía supera los 30.000 millones de dólares, gestiona 18 parques de atracciones y 39 hoteles, ocho estudios –entre ellos Pixar, que compró en 2006– y una docena de canales de televisión. En el ámbito del retail, más de 85 millones de clientes visitan cada año las más de 350 Disney Stores que operan en el mundo, donde se plasma toda la fantasía de aquel empresario, que acababa así su reflexión: «Aquel día decidí cambiar tantas cosas… aquel día aprendí que los sueños son solamente para hacerse realidad».

Por cierto, no. No está criogenizado.

Fotos: Tom Simpson (Flickr, CC).

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3 comments

  1. Efectivamente, ni está criogenizado ni es de Almería, que también anda ese rumor circulando por los mentideros. Una historia apasionante llena de luces y sombras pero con una creatividad muy adelantada a su época. Gracias por compartirla.

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