Del monorraíl a ‘The Homer’: tres emprendedores extravagantes de Los Simpson

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«Intentar algo es el primer paso hacia el fracaso», dice Homer, pese a que Springfield y todos sus habitantes parezcan inmersos en una gran incubadora de negocios. Qué duda cabe de que, tras 27 años y cerca de 600 capítulos, todo está en Los Simpson. Evidentemente, también los empresarios. Empezando por los propios Simpson y su insólita vocación emprendedora que, entre otras ocupaciones, ha llevado al cabeza de familia a liderar una empresa de quitanieves, administrar una feria o comerciar con grasa; a su mujer, a la venta de pretzels –financiada irregularmente por la mafia– o a la gestión de un gimnasio femenino, y que incluso ha tenido a Lisa como accionista de una infame planta de reciclaje.

En realidad, pocos son los trabajadores por cuenta ajena de un Springfield plagado de propietarios: desde el arquetípico empresaurio que representa Montgomery Burns hasta el afanoso Apu, pasando por el vendedor friki de la tienda de cómics, el avaro estafador Moe Szyslak o Ned Flanders y su tienda para zurdos. Todos ellos darían para una serie larga de posts, pero me centraré en tres secundarios célebres y que reflejan diferentes “versiones” emprendedoras hacia el éxito. O hatajos, según el caso.

Monorraíl, el “crecepelo” de Lyle Lanley

El muñidor del monorraíl de Springfield es, además de un genio de la estafa, uno de los más famosos secundarios de la historia de la serie. Lyle Lanley se gana la vida vendiendo trenes de pésima calidad y escapando con el botín antes de que caigan sobre él. Es, digamos, un poco edificante contratista de la Administración pública.

Este emprendedor hace su aparición aprovechando un superávit de tres millones con que cuenta la ciudad de Springfield –procedentes de una multa impuesta a la central nuclear–. El alcalde reúne al pueblo en una improvisada mesa de concesión para decidir en qué se los gastan, un gesto insólito que se adelantará en años a los presupuestos participativos de Manuela Carmena.Emprendedores-Simpson-2.jpg

Es entonces cuando el charlatán Lanley surge para cautivar a la audiencia: tiene carisma, dispara frases ingeniosas y aporta experiencia: asegura haber instalado monorraíles en sitios ignotos que ahora «ya» aparecen en los mapas –en los suyos–. Además, se sabe todas las respuestas –salvo la de Lisa sobre lo inútil de construir un transporte de masas en una población pequeña y centralizada. «Nadie lo entendería, Lisa»– y promete empleo y formación. ¿Cómo no confiar en este benefactor?

Finalmente el monorraíl se construye a partir de un know how que mezcla materiales baratos y estropeados. Con un presupuesto menguado y mucha fanfarria se pone en marcha «uno de los trenes más birrias que existieron» que –algo es algo– viene a inaugurar Leonard Nimoy. En un minuto, el tren se incendia y el timador escapa, pero es aprehendido por los estafados y la bondad ingenua de los habitantes de Springfield vence sobre el pícaro emprendedor. Al menos, parcialmente: «Ese fue el último proyecto descabellado en que se embarcó Springfield… si exceptuamos el rascacielos de mondadientes, una lupa gigante, la escalera mecánica que no iba a ninguna parte…».

El error de Herb Powell, capitalista “con corazón”

Por supuesto, no todo empresario equivale a estafador –que la serie no es española–, y ahí está para demostrarlo el hermano natural y desconocido de Homer, Herb Powell, un self made man que tras salir del orfanato consigue entrar en Harvard gracias a su capacidad para fregar platos y retretes.

El fundador de la próspera empresa automovilística Powell Motors es un jefe duro, agobiado por los resultados y crítico con sus empleados, pero tiene corazón: «Homer, eres el hombre más rico del mundo», le dice a su hermano, nada más conocer a su familia.

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Herb, que no se ha hecho rico tomando decisiones estúpidas, decide sin embargo situar a su recién estrenado hermano al frente del diseño de su nuevo modelo, «el coche para todos los Homer del mundo». Le paga un sueldazo y deja en sus manos el proyecto no porque confíe en la «visión» del zoquete padre de Bart sino, precisamente, por ser «el clásico bobo»: como acicate para que Homer gane seguridad en sí mismo. Una jugada maestra con la que pierde su hogar, su fortuna y su negocio.

La siguiente vez que vemos a Herb vive bajo un puente junto a media docena de mendigos –también pujantes empresarios otrora–, confiado en que saldrá a flote, porque «en América nadie está acabado mientras tenga cerebro».

Todo lo que necesita es una idea. Y dinero, claro. Éste se lo va a proporcionar el mismo que le arruinó, quien providencialmente acaba de recibir un cheque «por su sobresaliente labor en el campo de la excelencia» –en realidad, por su baja calidad del esperma provocada por la siempre maléfica central nuclear–. Herb pide a Homer el dinero para su proyecto, y promete devolvérselo en 30 días. Y pese al recelo que su traductor del balbuceo de los bebés suscita en su hermano –«a la gente le da miedo lo nuevo, deberías haber cogido algo que ya existiera y ponerle un relojito»–, el emprendedor vuelve a dar en el clavo. Lo cierto –y algo triste– es que Herb Powell es de los pocos empresarios que triunfa sin paliativos y gracias a su capacidad, sin explotar ni engañar a nadie.

Artie Ziff, el ególatra y estúpido millonario

Durante varios capítulos no consecutivos asistimos al auge, caída y redención final de Artie Ziff. Dueño de Ziff Corp., obsesionado novio efímero de Marge y uno de los cinco hombres más ricos de EE UU gracias a su revolucionario invento –que a día de hoy no parece gran cosa–: un artilugio que transforma el sonido del módem en hilo musical. Son los años de las puntocom y Artie se pasea en bañador del helicóptero al jacuzzi, alterna con estrellas y es amado por todos… hasta que estalla la burbuja y pierde todo: «Me embargaron hasta la flota de mi servicio de embargos».

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El emprendedor Ziff es grosero, envidioso, ruin y estúpido, y busca su regeneración en el amor de Marge, en cuya casa se esconde de la comisión reguladora que le persigue por gastarse el dinero de los accionistas en calzoncillos de oro. Durante una partida de póker, Artie le endosa el 98% de las acciones de Ziff Corp. a Homer, que acaba condenado por manipulación contable y fraude bursátil –en una interpretación jurídica bastante libre–.

Ziff es, sin duda, uno de los personajes más repateables de la serie. Su egolatría le lleva a exculparse de cualquier error o falta de afectos –si no le quieren, es por antisemitismo–, y ni siquiera el supuesto perfil creativo de emprendedor se atisba en sus apariciones. Es un cínico pagado de sí mismo y, al tiempo, incapaz de quitarse él solo los calcetines, al que acostarse con Selma le hará abrir los ojos y ya no podrá soportar «que otros sufran» por su «contabilidad creativa». Irá a la cárcel como Gordon Gekko, pero el amor «de una buena mujer» (?) le ha redimido.

Tampoco parece una trayectoria como para despertar vocaciones en Stanford.

 

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