Perico Chicote, el encantador de la intelectualidad

Perico Chicote 1

Le bastó su savoir faire y una coctelera para convertirse en uno de los madrileños universales del siglo XX. Adelantado de las relaciones públicas y pionero del catering, por el museo de Perico Chicote en la Gran Vía pasaron los actores más célebres, los Nobel más hedonistas y hasta el mismísimo Eisenhower. Falleció en plena Transición, después de haber creado 500 cócteles, escrito ocho libros y sentado cátedra en el “Decálogo del barman perfecto”. Aunque lo que él siempre recomendaba era vino tinto con sifón.

Decía Santiago Rusiñol: «En España populares, lo que se dice populares, no hay más que algunos políticos y algunos toreros y futbolistas. Un barman iba a batir una nueva marca y a imponer la sonrisa, no solamente comercial». Una sonrisa con la que Pedro Chicote iba a disputar durante varias décadas del trasteado siglo XX portadas de periódicos y spots publicitarios a celebridades hasta entonces más convencionales.

Nació el 13 de mayo de 1899 en Madrid, muy cerca de la aún inexistente Gran Vía en la que, 30 años después, instalaría su embajada. Su padre, obrero de la fábrica de gas, falleció cuando él tenía siete años, lo que le obligó a ponerse a trabajar en la cantina del Mercado de los Mostenses vendiendo aguardiente a los tenderos. Llegaba a las seis de la mañana y se iba a la escuela poco antes de las nueve, no sin antes haber entregado «la peseta o la peseta y pico a mi madre cada día».

Tras trabajar como repartidor de telégrafos y en la fábrica de Mahou, en 1916 inicia su ascenso tras la barra como ayudante de barman en el Ritz. Allí, un embajador brasileño le regalaría una botella de cachaça que, a la postre, iba a ser el primer ejemplar de su museo de bebidas. Ni siquiera la Guerra de África le apartaría ya de su vocación, e incluso aprovecharía su destino en el Regimiento de Ingenieros y Zapadores del Cuartel de la Montaña para servir como jefe de cantinas.

A su regreso, trabaja como barman jefe en el recién inaugurado Hotel Savoy. En 1923 pasa al Palacio del Hielo. Tras una temporada en éste recibe una importante oferta –200 pesetas al mes– para ponerse al frente del Pidoux, el primer bar americano de la Gran Vía y uno de los más elegantes de la época. Con apenas 20 años, este “maestro de la química bebestible” empieza a ser reconocido en el foro.

Perico Chicote 3

Abre el Bar Chicote

El 18 de septiembre de 1931 abandona el Pidoux y se lleva a toda su plantilla –incluido el limpiabotas– para inaugurar su propio negocio en el número 12 de la Gran Vía. Nacía el Bar Chicote, que se convertiría en uno de los más populares de la posguerra gracias a sus «agasajos postineros», como decía el chotis de Agustín Lara, quien, por cierto, aún no conocía a Perico cuando lo escribió. No sería ésta la única composición que dedicaran al hostelero, que también fue homenajeado en un pasodoble escrito por su tocayo Muñoz Seca con música del maestro Jacinto Guerrero.

Trabajador infatigable, compagina el bar con la atención en La Gran Peña o la explotación de la cafetería del Congreso, un encargo de Julián Besteiro que mantuvo hasta la llegada de la Transición. También en los años 30 dirige la coctelería del selecto club balneario de La Perla, en San Sebastián.

Como el maestro de las relaciones públicas que fue, Perico Chicote supo navegar con éxito y sin enemistarse con nadie por todas las vicisitudes del siglo: cercano a las ideas monárquicas, abrió e hizo florecer su negocio durante la República, época en la que a su local acudían políticos de todo el arco parlamentario. En la posguerra el negocio llegó a contar con 40 empleados, nueve de ellos tras la barra, pese a tener que lidiar con los jerifaltes franquistas que tachaban la coctelería de «anglicismo colonizador y desafiante».

En su local nunca se escuchó música. Fue taurino, amante del teatro, devoto de la Candelaria y muy madridista. En los saraos que organizaba, la principal atracción era él mismo:

«Lo más importante para ser un buen barman es ser simpático y generoso; pero la simpatía auténtica, no la fingida. Y luego, estar siempre al día de los acontecimientos del país, poder seguir una conversación de actualidad con el cliente, saber siempre quién torea mañana, dónde es el partido próximo y qué atracción destacada hay en un tablao. Después, el dominio en sí de las combinaciones de bebidas ya es más secundario».

Penicilina, medias de nylon y 20.000 botellas

Como un Harry Lime castizo, durante muchos años se cernió sobre él la sospecha de que en su local se traficaba con penicilina –se dice que incluso ésta llegaría a salvar la vida al doctor Jiménez Díazy abundaba el estraperlo de otras mercancías –los madrileños vieron las primeras medias de nylon en su local–. Un extremo que su sobrino más cercano siempre negó, admitiendo que pudieron haberlo hecho algunos clientes. El bar tampoco fue un prostíbulo, pese a que en algunas mesas solía haber chicas de alterne que tenían prohibido acercarse a la barra.

En 1947 estrena en el sótano su Museo Universal de Bebidas, que había iniciado en el Ritz. El propio bar pasaría a conocerse como Museo Chicote. Para entonces ya es el gran embajador español: ha viajado por medio mundo y trabado amistad con los mejores barmen y con celebridades como Walt Disney o Gary Cooper. Con el boom del turismo, el museo fue visita obligada tras el Prado y escenario recurrente para la celebración de actos sociales y culturales. El Museo llegó a contabilizar unas 20.000 botellas procedentes de más de 150 países.

Hollywood en el foro

Por Chicote pasaron también 13 Premios Nobel, entre ellos Ernest Hemingway –que escribió allí algunas crónicas de la Guerra Civil– o Alexander Fleming. Precisamente el descubridor de la penicilina fue la única persona a la que regaló una de sus botellas[1], algo que no consiguió ni siquiera Sofía Loren, aunque lo intentó durante una visita con Cary Grant«Chicote ha dicho que no a la Loren», titularía, al día siguiente, un diario italiano–. Tampoco se resistieron al “Velázquez de los cócteles” personalidades como Rainiero de Mónaco, Grace Kelly, Frank Sinatra, Ava Gardner –una asidua–, Jacinto Benavente, Charlton Heston, Salvador Dalí, Bette Davis, Audrey Hepburn o Dwight D. Eisenhower, que aprovechó para acudir durante su visita a la capital en 1959.

Perico Chicote 2

Muy intuitivo para los negocios, no sólo despuntaría en la coctelería: también sería uno de los pioneros del catering. Célebre fue el que sirvió durante el acto de colocación de la primera piedra de la Ciudad Universitaria, a la que acudió el Rey Alfonso XIII, o el de la boda de la Duquesa de Alba. Como publicó ABC en su necrológica, «durante más de 40 años todas las reseñas de actos oficiales o bodas de rumbo llevaban como marchamo de garantía y auténtica distinción el ‘Servirá un vino español Pedro Chicote’».

La Nochebuena de 1977 fallece en Madrid, víctima de un paro cardíaco. El hijo predilecto de la capital tuvo un entierro solemne. No así su preciada colección que, tras pasar por varios dueños, fue comprada por José María Ruiz-Mateos, y sería posteriormente expropiada con Rumasa. Finalmente la acabaría adquiriendo un particular a precio de saldo, y aparecería años después en una nave de Las Rozas. El Museo sigue hoy abierto, y turistas y famosos siguen dejándose caer por él, pese a no haber ya rastro de aquella «crema de la intelectualidad» que lo hizo célebre. Se echa en falta la sonrisa de Perico Chicote, «que alegró la vida durante toda su vida», como dejó dicho, a modo de epitafio.

 

[1] El Nobel de Medicina se lo agradeció con esta nota: «Gracias, Chicote, me encanta su museo porque es el único del mundo en el que tomo asiento cómodamente y para colmo me ofrecen los whiskys que quiero gratis».

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