‘El año más violento’: Un justo en Sodoma

Ano-mas-violento-1

En el año con más robos, violaciones y asesinatos de la historia de Nueva York, el empresario Abel Morales está a un paso de lograr el sueño americano sin disparar una bala ni pagar una mordida. O eso cree. Para ello deberá progresar dentro de un sistema lleno de trampas y que impregna de corrupción los cimientos de todo vínculo. Al contrario que Lot, que huye sin mirar atrás cuando comprende que Sodoma está perdida, Morales elige quedarse.

Si decides luchar en una piscina de barro ninguna de las opciones con que cuentas termina contigo inmaculado. En El año más violento, tercera película de J. C. Chandor –cuya opera prima fue la estupenda Margin Call– esa piscina es Nueva York durante el convulso 1981. El ingenuo o temerario que opta por luchar es Abel Morales, interpretado por el últimamente ubicuo Oscar Isaac –que sustituyó al elegido Javier Bardem, a quien quizá el papel de empresario íntegro le habría supuesto un reto interpretativo mayor que meterse en la piel de un unicornio–.

Tras casi dos décadas de esfuerzo, el protagonista ha trazado una jugada maestra para convertir la Standard Heating Oil, su empresa de transporte de gasóleo, en un actor relevante en la zona. Para ello debe adquirir contrarreloj una estratégica nave industrial, mientras se suceden los robos a su flota y el fiscal le pisa los talones por unos delitos que asegura no haber cometido «jamás» en su recto proceder empresarial.

Además de un tipo honesto y un hombre de familia –casado con la hija de un gánster «de poca monta» de Brooklyn, Annie (Jessica Chastain), que le ayuda en la parte contable del negocio–, Morales es un ganador. Un tipo convencido de lo que hay que hacer para lograr su sueño, como queda patente en la improvisada clase de ventas que imparte a sus empleados:

«Escoged siempre lo más sofisticado que os ofrezcan. ¿Por qué? Porque nunca vamos a ser la opción más barata. Vamos a ser los mejores y ellos necesitan sentir que tú también quieres lo mejor. Por eso nuestros camiones son los más nuevos y los más limpios, y nuestros conductores los más accesibles».

O en el revolucionario uso de la sinceridad como argumento comercial:

«Miradlos y aguantad la mirada más de lo normal. Yo no me río. Sólo os irá bien si conseguís contratos y eso no es gracioso. Lo único que me interesa es ir a mejor, y si no lo hago no me hace ninguna gracia. Las personas se dejan la piel para ganarse la vida y hay quienes les roba porque no saben hacer otra cosa. No hay nada más difícil que mirar a alguien a los ojos y decirle la verdad».

Durante toda la película el empresario se mostrará paternalista con sus trabajadores, frecuentemente apaleados por la mafia. Les mima, pero no quiere “errores”, y portar armas para defenderse de los asaltos es uno: «Sus acciones me están perjudicando a mí y a mi negocio y no voy a permitir que su debilidad me afecte», espeta a la mujer del que sucumbe al miedo. También los sindicatos aparecen esbozados magistralmente: «La última persona con quien querríamos enemistarnos es el cabecilla de los conductores. Nos arruinaríamos en un mes si dijera que dejen de trabajar», le advierte su abogado.

Ano-mas-violento-2

Otra “bicha” retratada es, por supuesto, el banco. El mismo al que pagó por adelantado su primer préstamo hace años; al que deja clara su honestidad –«dirijo un negocio decente y cumplo con los estándares legales de la industria»– y al que vapulea con razones sobre por qué apostar por la compra de la nave: «Cuando da miedo saltar es cuando has de hacerlo. Si no, acabas toda la vida en el mismo lugar, y no lo haré».

Perdiendo la inocencia

Morales no se arredra ni ante las amenazas del fiscal –que finalmente le acusa de 14 delitos, entre ellos fraude y evasión fiscal–, ni ante su difícil situación financiera, producto de los robos y de la traición de los bancos. Pero con cada enfrentamiento se va dejando pelos en la gatera. Su primer impulso es reunir al cónclave neoyorquino del combustible para saber quién le ha robado hasta 400.000 litros en cuatro meses: «Os pido que paréis. Tened un poco de decencia y parad».

Ese momento es una escena de El Padrino, y marca el lento deterioro de la confianza del protagonista, que busca entre competidores y prestamistas una salida a su situación antes de que expire el plazo para comprar la nave. «Toda mi vida intentando no convertirme en un mafioso y en el momento más importante voy a depender de otros», se lamenta.

El último clavo a su integridad se lo pone quien tiene más cerca. Como el viejo Michael constata que no puede escapar de la mafia, Abel entiende ahora que estaba dentro aun sin saberlo. De improviso, su tabla de salvación resulta también la prueba de que es culpable. «Olvida el pasado, mira hacia delante, es lo único que puedes controlar», le dice al fugado conductor, pero en realidad se lo está diciendo a él mismo. Ha aflorado el empresario pragmático, el que tapona la vía de escape del depósito y apenas se ocupa del caído. El que siempre tuvo «más miedo al fracaso que a cualquier otra cosa», y no se permite perder.

En la última secuencia se cierra el círculo de la corrupción. Morales tendrá al fin su sueño americano. Para ello ha tenido que pagar el obligado peaje, pero un ganador no se arrepiente: «Siempre he escogido el camino más correcto. Nunca me he cuestionado el resultado, sólo el camino para llegar a él». Ya pueden marchar con la conciencia tranquila: tenemos otro malvado.

Ano-mas-violento-3

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s